martes, 22 de diciembre de 2015

Los castillos no existen.

Como no puedo combatir mis demonios, los abrazo. Yo pensé que mis desórdenes alimenticios quedarían en mi infancia, después pensé que en mi adolescencia; tengo 21 años y Ana y Mía siguen aquí. 
Cada vez que recuerdo mis vacaciones, cualquiera de ellas, me veo a mí misma vomitando en un hotel. Aún recuerdo mi primera dieta, fue en el jardín de niños. La verdad es que una vez que la oscuridad te consume, es muy difícil que te deje ir. Esta maldición se vuelve tuya por siempre. Siento como si me hubieran arrebatado toda mi luz, mi interior se convirtió en un vacío en tinieblas. Mi vida pasó de ser sueño a pesadilla y cuando es sueño, es un sueño roto; mi mundo se desmorona con la misma velocidad con la que se me cae el cabello.
Pero esta no es una historia sobre mis demonios, esta es una historia de amor. A la mejor conclusión a la que he podido llegar es que "el amor mata". Cuando tienes un desorden alimenticio generas una paranoia de creer que todo lo malo que te pasa tiene que ver con tu aspecto físico.  Sin importar cuantas veces él me dijera que le gusta mi cuerpo, yo estoy casi segura de que no está de lleno conmigo porque, aunque le atraiga sapiosexualmente, el problema es que a él le gustan flacas. 
Siempre he sentido que hay algo mal en mí, no sé qué es, debió ser mi sobrepeso. Pero no importa cuánto baje, sigo sin ser suficiente para él y para mí, y en el espejo continuo viéndome gorda. Estoy prácticamente convencida de que esa esa es su razón para no estar a mi lado ¿qué más sería?; mi corazón se ve agrietado por esa certeza. La insuficiencia pesa y yo necesito deshacerme de ese peso de más. 
Con cada kilo que pierdo, me pierdo más a mí misma. Yo ya no importo, todo lo que importa es ver que los números descienden. Toda mi vida es una mentira y entre tantas mentiras ya no sé quién soy. Si como, me castigo; el tiempo y la soledad te van dando la fuerza para abrazar el hambre, regocijarte de ella, aferrártele, porque es lo único que tienes. Ya no tengo a qué ni a quién atenerme; nadie sabe mi secreto, este descansa en todo el cabello que he perdido, en la debilidad de mis uñas, mis continuos resfriados, mi incapacidad de levantarme de la cama, los terribles dolores de cabeza.
Cuando entré a la universidad sabía que iba a matarme de hambre porque viviría sola; estaba emocionada, dos años después sólo estoy triste. ¿En qué momento mi vida se ensombreció tanto? Antes era cálida, todo en mí era de un color rojo intenso, amarillo como pergamino antiguo. Hoy soy nieve, gris, oscura… vacía. Mi único deseo es que mi cuerpo se vea tan vacío como yo me siento. No, yo no necesito suicidarme, ya me siento suficientemente muerta. 
No hallo refugio para tanto dolor, ninguna cobija alivia un frío si este viene de adentro. Nunca había estado deprimida demasiado tiempo continuo; es extraño, ya no se siente como algo que tengo, sino como algo que soy: soy tristeza. A veces lloro, pero la verdad es que casi no; mi tristeza ha sido tan prolongada que las lágrimas perdieron su propósito. ¿Y el hambre? Mi hambre no es como la de la gente normal, está fragmentada entre un estómago que ruge y una mente que repite: no necesitas comer. Mi estómago hace ruido, pero a mí ya nunca me da hambre.
Mi mayor anhelo en la vida es ser "una mujer exquisita", de esas cuya presencia deleita. Todo por él, que aunque no somos nada, lo amo como si fuésemos todo. Ahora estoy exquisitamente dañada, rota. Existir me duele. En vano fue el desgaste en búsqueda de la perfección, al final no hallé castillo en ninguna parte; él se fue. Siento que no pertenezco a ningún lado y la depresión es la única que se ha enamorado de míAna me está matando por dentro, y con lo mucho que me gusta la muerte, dejo que lo haga despacio, lentamente, beso a beso.
Todo gira en torno a este sentimiento de insuficiencia, sigo creyendo que si fuese delgada, tal vez alguien me querría. Él, aunque ausente, sigue trayendo mi corazón embarrado en su suela; me rompió y sólo él es capaz de arreglarme porque la inanición me ha dejado sin fuerzas para reconstruirme.
"Por favor, por favor, por lo que más quieras, no comas", me repito. Me he vuelto adicta a mi autodestrucción. Se fundió el foco que iluminaba mi interior, pero aquí sigo; funcionando. Mañana, como todos los días, me toca fingir una fortaleza que no tengo. Cansa siempre tener que estar representando un papel. Me conmueve mi fragilidad.
Yo no soy pro desórdenes alimenticios, no le desearía esta mierda a nadie. Llega un momento en el que el cuerpo ya no puede almacenar tanto dolor y la desolación se vuelve tangible en cada uno de los poros. Es por eso que en enero comienzo terapia psicológica (secretamente), porque yo no estoy en condiciones para tratar de arreglarme. 
Así que por favor, no te hagas daño esta noche, ni mañana, ni nunca. El foco fundido en tu interior puede repararse, ten fuerza, sé tu propio ideal de belleza, todo lo demás es una ilusión. Los castillos no existen, no necesitas ser princesa. 



Escrito por @PrincessDasein

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